
Era el momento justo, la suerte bajo todas sus cartas ganándole en una sola vuelta al destino. Él siempre tan conspirador contra nosotros dos tuvo que aceptar su derrota librándonos.
Una dulce sensación atemporal invadió, sospecho que por horas no hubo viento que sacudiese rama alguna, la noche se hizo más profunda y silenciosa, misterio.
Todo se sintió tan liviano, las prendas ya no necesitaron ser cómplices de la timidez de nuestros cuerpos que puros bailaron, amalgándose. Fuimos todo y fuimos nada, fui un vos, vos un yo y juntos nadie.
-
Manú había dicho con aladas palabras: "A Horacio no le importas un pito." Era ofensivo pero tranquilizador. Manú había dicho que aunque Horacio se tirara un lance (y no lo había hecho, jamás había insinuado ni siquiera que)
una de tilo
una de menta
el agüita bien caliente,
primer hervor,
stop
ni siquiera en ese caso le importaría nada de ella. Pero entonces. Pero si no le importaba, por que estar siempre ahí en el fondo de la pieza, fumando o leyendo, estar (soy yo, soy él) como necesitándola de alguna manera, sí, era exacto, necesitándola, colgándose de ella desde lejos como en una succión desesperada para alcanzar algo, ver mejor algo, ser mejor algo. Entonces no era: soy yo, soy él. Entonces era al revés: Soy él porque soy yo. Talita suspiró. levemente satisfecha de su buen raciocinio y de lo sabroso que estaba el té.