Escúcheme amigo, si, amigo. Sé que no cree en eso de las etiquetas, bien podría pedirle que me escuche sin adjetivarlo de manera alguna, pero prefiero por el momento llamarlo así, será una manera de mantener la objetividad por un momento. Si le dijese: escúcheme señor, escúcheme querido, escúcheme amado y ni hablar si nombrase su nombre (valga la redundancia). Si solo lo nombrase, se me paralizaría la creatividad, las ganas de buscarle metáforas y dulces comparaciones a esto que ahora le voy a decir.
Escúcheme atento pero con atención ligera, con la atención que algunas obras de arte requieren, simplemente admirando la belleza pero sin indagar mas allá.
Escúcheme como una canción, su preferida, esa que puede escuchar en cualquier situación. Esa que lo hace feliz en los momentos mas tristes, y a su vez en los momentos mas alegres le recuerda que también existe la melancolía y lo deja evitar el engaño de que todo puede permanecer así.
Escúcheme, léame, sienta mis labios pronunciar cada palabra mientras la mano que sostiene la tinta acaricia suavemente el papel.
Sin mas preludios, amigo, compañero le digo, que ya no puedo evitar, sentarme a escribir sobre usted, recordar diálogos pasados y representarlos mentalmente o imaginar escenas futuras donde finalmente nuestros deseos se encuentran sin temor.
No puedo tomar un lápiz sin comenzar a dibujar su silueta.
Todo se parece a usted y usted me hace acordar a todo. Me sabe a primeros amores, lo oigo como un eco de recuerdo: corcheas de infancia en 4/4 (aunque ni siquiera sepa si esto es posible).
Usted me ha enajenado de mis pensamientos, se los ha apoderado y los manipula a gusto.
Sabe, amigo mio, usted me ha enamorado y cada una de estas palabras sale con un gusto semi-amargo, sabe como odio estas frases baratas de un dulzor del tipo edulcorante, pero no puedo evitarlo, salen de mi, no puedo contenerlas, truenan dentro y caen cómo las gotas de lluvia que desde afuera no se esfuerzan por pasar desapersividas.